IN MEMORIAM A 32 AÑOS DE SU PARTIDA

IN MEMORIAM A 32 AÑOS DE SU PARTIDA
ROSSY DESENTIS MONTALBAN

lunes, 2 de junio de 2008

31 de octubre

A lo lejos, en medio de la naciente y nebulosa obscuridad previa a una noche de noviembre, vi moverse varios puntos luminosos.

Se movían como danzando, elevándose, desapareciendo y reapareciendo de improviso en otro lado.

Me detuve. El camino a casa todavía era largo y tuve un ligero estremecimiento.

Aquel lugar era un terreno baldío y largo, sin cultivo en esa época del año y por lo tanto terroso y algo abrupto para caminar.

No muy lejos, con los últimos minutos de la tarde, casi en pleno de la hora cero, se distinguía una barda prolongada de piedras antiguas pegadas con lodo y paja, tras de la cual, se asomaban las torres de una iglesia vieja y tal vez abandonada. Más allá, entre la bruma, todavía podían mirarse las cruces altas de las capillas del cementerio.

Caminaba rumbo a casa desde un poblado cercano. Había atravesado una región pedregosa con escasa vegetación casi toda de arbustos hostigosos a causa de las espinas que les eran características; también había árboles pirules de mediana altura, casi desiertos de follaje, semejando sus ramas largos brazos suplicantes y extendidos al transeúnte que por ahí se aventuraba cada tarde.

Recordé entonces que, cuando era pequeño, mi abuelo me contaba historias tenebrosas sobre aquellos parajes que habían pertenecido a un cacique ufano de poseer innumerables propiedades pero que también era dueño de una historia repleta de maldad y mala fama.

Pocas gentes quedaban vivas y que pudieran contar parte de aquella historia. Los que había, evitaban hasta mencionar el nombre del siniestro personaje con su propia voz por no invocar, según decían, el nombre del demonio mismo.

Mi abuelo me contó que aquel cacique había sido un hombre inmensamente rico, dueño de más de cien haciendas en toda la región que antes fue la propiedad de un noble español explotador de minas argentíferas. Decía mi abuelo que el cacique logró acumular su fabulosa riqueza a partir de un solo huevo que acercó a una gallina de su madre y del cual nació un gallo que empleó como maquilero a cambio de la mitad de los productos de innumerables gallinas fecundadas.

Pronto, pudo tener su primer granja, su primer rancho y su primer hacienda. Todo esto avalado por un pacto, no con Dios, sino con el mismísimo demonio según decían los más viejos de la comarca.

- ¡Tonterías...! - decía mi abuelo.

Lo cierto es que entre sus pasatiempos predilectos estaba el de prestar dinero con usura, comprar cosechas baratas mediante amenazas de quemar los campos si no era él el beneficiario de la compra-venta, y de acechar a quien osaba tomar una sola mazorca de sus maizales, o una fruta de sus huertas, para arrojarlo a unos cerdos enormes que casi siempre estaban hambrientos y que daban buena cuenta del pobre infeliz que era descubierto como pillo.

También, aseguraban los más viejos, el cacique tenía la cualidad de aparecer de pronto a leguas de distancia y platicar con sus amistades sobre sus negocios cuando, al mismo tiempo, otros afirmaban haber estado con él en otra parte dando santo y seña, ambos grupos, de lo que con el siniestro personaje habían tratado, incluyendo, por supuesto, documentos firmados y evidencia de cosas que no dejaban lugar a dudas de sus afirmaciones.

Otra particularidad del personaje referido, era la de vestir siempre como el más humilde y hambriento de sus peones y, por ello, ser confundido muchas veces con uno más de los trabajadores de cualquiera de sus haciendas.

El cacique disfrutaba enormemente al provocar situaciones comprometidas entre quienes no le conocían. Por ejemplo una vez, según me contó mi abuelo, llegó un propio desde la capital, con un mensaje de invitación para que asistiera a la recepción que el Señor Presidente de la República, Don Porfirio Díaz, ofrecería a lo más granado de la sociedad mexicana, con motivo de los 75 años de la Guerra de Independencia Mexicana.

El enviado llegó a caballo hasta el portal de entrada de la hacienda principal. Después de transitar por muchas leguas en una sola corrida desde la capital, se apeó polvoriento y cansado buscando entregar su encargo de una buena vez, para irse de inmediato a buscar un mesón en el poblado donde poder asearse y descansar antes de emprender el viaje de regreso.

El caballo estaba exhausto y sudoroso; buscaba sombra y agua abriendo el hocico y bufando amenazante. El enviado preguntó al primer hombre que encontró en la entrada por el lugar donde podría entregar una carta del presidente de la república dirigida al dueño de la hacienda. El hombre, sin decir palabra, le señaló con la mano una puerta precedida por una escalera con balaustrada de mármol en el fondo del enorme patio. Hacia allá se dirigió el mensajero dando grandes zancadas y tratando de desempolvándose un poco el traje militar que vestía gallardo.

Cuando se apersonó ante un sirviente vestido a la usanza de la época y que ejercía las funciones de Mayordomo, le preguntó soberbio por el Amo de la casa y obtuvo, para su sorpresa, una respuesta que le dejó helado: el dueño era, ni más ni menos, que el hombre que paseaba tranquilamente su caballo a la entrada de la finca.

Se devolvió sobre sus pasos descubriéndose de inmediato la cabeza de aquel alto y emplumado gorro militar, sudando ahora con vergüenza y pesadumbre.

El oficial se deshizo en disculpas por tan bochornosa y terrible confusión ante el cacique. Éste, disfrutando por su broma, le conminó a no sentirse mal por el error y le recibió la carta del señor Presidente dándole una respuesta afirmativa de asistencia a la recepción que se le invitaba.

El enviado, haciendo innumerables caravanas de disculpa, intentó retirarse de la presencia del cacique sin darle la espalda hasta no encontrarse a unos metros de distancia.

El cacique le detuvo y le expresó, que las disculpas estaban bien porque hablaban de la alta educación recibida en los duros años de entrenamiento militar, pero que, además de ello, también esperaba cinco pesos plata por el servicio dado al caballo mientras el militar estaba dentro de la casa...

Las luces aparecieron danzando a mi izquierda, como a cincuenta metros y entre unos matorrales pardos. Sentí miedo a lo desconocido y, aún más, con los recuerdos de las historias que mi abuelo me contó sobre el cacique, la piel se me erizó como avisándome de algún peligro inminente.

De pronto escuche como el ruido sordo y seco de unos cascos que iban a galope por algún lado. Me detuve y me senté en cuclillas como queriendo integrarme al paisaje obscurecido para pasar desapercibido por quienquiera que transitara por ahí.

Estando casi paralizado de terror, sentado en la incomodidad de mis rodillas flexionadas, recordé que también se decía que cuando el cacique viajaba de una a otra de sus haciendas, lo hacía en un carruaje negro tirado por caballos del mismo color, cosa nada extraña para un personaje como aquel que poseía una incalculable fortuna que le permitiría, seguramente, cualquier extravagancia semejante, y guardadas las distancias, a las actuales manías de los millonarios actuales. Sin embargo, lo que causaba espanto entre quienes tuvieron la mala fortuna de mirarle en esos trances era, según cuentan, que ni sus caballos ni el carruaje tocaban el suelo a pesar de emitir sonoros ruidos de galope y rodamiento ya que iban, cuando menos, a medio metro de altura y sacaban chispas a su paso.

Una especie de lúgubres canciones flotaron en el aire proviniendo de las luces que se movían cada vez mas cerca de donde me encontraba.

En ese momento recordé que la más terrible historia que me contaron sobre el cacique fue la que da cuenta de su muerte.

Según ello, la tarde que murió era la del 31 de octubre del año 1899, exactamente la misma fecha de este día pero cien años después. El cuerpo del cacique fue depositado en un ataúd austero, elaborado con tablones mal clavados y sin adornos de ninguna especie, ni siquiera una cruz pintada sobre la tapa. Le estaban velando solo unas cuantas personas piadosas, casi al anochecer de aquel día, y en la estancia principal de la casona que habitó en sus últimos años. Unos pocos velones que hallaron por ahí, ya usados, sirvieron de parca iluminación para unos padre nuestros y unas cuantas aves marías mal recitadas, pues ni siquiera los rezanderos oficiales de la comarca habían querido asistir al tal velorio.

Casi a las siete de la noche, según cuentan, se apareció un perro negro, fiero y grande, babeando espuma por el hocico y mostrando amenazantes dientes y colmillos a los que ahí se encontraban. Éstos, salieron huyendo, despavoridos y asegurando que era el diablo que iba por su pago. Pasaron muchas horas y haciendo de tripas corazón, algunos pocos se aventuraron a regresar a la casa encontrándose con que el ataúd estaba vacío y solo flotaba un fétido olor azufroso, insoportable al cualquier sentido del olfato.


Para no asustar a la población, los que regresaron a encontrarse con tal acontecimiento, decidieron no difundir la versión de que al cacique se lo había llevado el diablo. Así es que, llenando el féretro de piedras, lo condujeron hasta el cementerio aquella misma noche y, simulando un sepelio como cumple en estos casos, lo enterraron sin más servicios religiosos que un par de santiguaciones rápidas.

Lo verdaderamente espantoso ocurrió siete días después cuando unos pastores llegaron corriendo hasta el pueblo diciendo que en el Yolo, un lugar entre las montañas cercanas famoso porque, según se afirmaba, era un lugar encantado, puerta misma del infierno, habían encontrado el cadáver del cacique y que no mostraba señales de putrefacción.

Los familiares fueron por el cadáver y lo velaron nuevamente para, lo más sigilosamente posible y por la tarde, abrir la fosa donde se encontraba el ataúd lleno de piedras y depositaron ahí el cuerpo. Sin embargo, al otro día lo encontraron fuera de su tumba, arrojado como un desperdicio entre multitud de moscas y el fétido olor azufroso. Volvieron a velarlo y le enterraron de nuevo solo para encontrarlo fuera del sepulcro al siguiente día.

Llenos de terror, concluyeron que la tierra consagrada no aceptaría a un personaje tan siniestro como aquel a pesar de incontables misas y exorcismos por ser deudo del demonio. Así que, envolviéndolo en un costal a modo de mortaja, lo fueron a tirar en un barranco en el Yolo.

Nadie volvió a verlo ni a saber de él, pero los pastores de la región, aún afirman que cada año, en la noche del 31 de octubre, han visto al cacique danzando con una corte de brujas que habitan por los rumbos de la región llamada cerro verde, cuya más alta cumbre es la montaña del Yolo.

Otros, juran que en estas fechas el cacique recorre lo que fueron sus propiedades y trata de tocar a sus descendientes a fin de que termine su suplicio al tomar, otro, su lugar en el infierno.

Las luces aparecieron otra vez dirigiéndose directamente hacia donde yo estaba paralizado por el miedo. Quise huir de ahí corriendo, pero al volver la vista hacia cualquier rumbo, ahí estaban las luces flotando, acercándose como tratando de cerrar un círculo en torno a mi.

Caí de rodillas y cerré los ojos comenzando a rezar a gritos “La Magnífica” que, según sabía, aleja a los demonios y a las almas maléficas que vagan penando sus pecados y tratan de tocar a los vivos para deshacerse de su maldición.

Mi corazón casi se detuvo cuando me di cuenta que me encontraba en medio de un círculo de fuego que flotaba entre la niebla; bajo mis pies pude percibir un símbolo extraño inscrito en el suelo sobre una especie de metal oxidado.

Grité y las luces se alejaron como atemorizadas. Sin embargo, agrupándose, volvieron a avanzar lentamente en mi dirección y yo, a punto de la histeria al tratar de salir corriendo, tropecé con una saliente del metal donde estaba parado y caí de bruces. Una luz intensa iluminó el entorno y, entonces, pude distinguir con claridad los símbolos.

A punto del desvanecimiento, todavía alcancé a escuchar: “es nuestro, nosotros lo encontramos primero...” “Joven, ¿no coopera para nuestra calavera...?

Los símbolos decían: “Para el mejor momento, disfrute la chispa de la vida... tome coca cola...”

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